Bernal Díaz del Castillo: “Historia verdadera de la conquista de la Nueva España”. 1568
Bernal Díaz del Castillo nació en Medina del Campo (Valladolid) entre octubre de 1495 y marzo de 1496. A los 18 años embarcó hacia América. Tras vivir tres años en la isla de Cuba, se enroló como soldado en tres expediciones que se organizaron sucesivamente hacia el continente, hacia las tierras que hoy en día forman parte de México.
La primera expedición fue dirigida por Francisco Hernández de Córboda; la segunda, por Juan de Grijalva; y la tercera expedición fue la de Cortés, la que llegó hasta México-Tenochtitlán.
Años después, en torno a 1568, Díaz del Castillo escribió un relato de todos aquellos acontecimientos que vivió personalmente, y lo tituló “Historia verdadera de la conquista de la Nueva España”.
Durante la primera de esas expediciones, que tuvo lugar en el año 1517, los españoles llegan por primera vez a México, desembarcando en la zona de Yucatán. Allí se encuentran a unos indígenas, de cultura maya.
Su relato de este primer contacto con los pueblos de México, es el siguiente:
"Capítulo II.- Cómo descubrimos la provincia de Yucatán.
En ocho días del mes de febrero del año de mil y quinientos diez y siete salimos de La Habana del puerto de Axaruco, que es en la banda norte, y en dos días doblamos la punta de San Antón, que por otro nombre en la isla de Cuba se llama tierra de los guanahataveyes, que son unos indios como salvajes. Y doblada aquella punta y puestos en alta mar, navegamos a nuestra ventura hacia donde se pone el sol, sin saber bajos ni corrientes ni qué vientos suelen señorear en aquella altura, con gran riesgo de nuestras personas, porque en aquella sazón nos vino una tormenta que duró dos días con sus noches y fue tal que estuvimos para nos perder.
Y desde que abonanzó, siguiendo nuestra navegación, pasados veinte e un días que habíamos salido del puerto vimos tierra, de que nos alegramos y dimos muchas gracias a Dios por ello, la cual tierra jamás se había descubierto ni aun tenido noticia della hasta entonces. Y desde los navíos vimos un gran pueblo que al parecer estaría de la costa dos leguas, y viendo que era gran poblazón y no habíamos visto en la isla de Cuba ni en la Española pueblo tan grande le pusimos por nombre el Gran Cairo.
Y acordamos que con los navíos de menos porte se acercasen lo más que pudiesen a la costa para ver si habría fondo para que pudiésemos anclar junto a tierra. Y una mañana, que fueron cuatro de marzo, vimos venir diez canoas muy grandes, que se dicen piraguas, llenas de indios naturales de aquella poblazón, y venían a remo y vela. Son canoas hechas a manera de artesas, y son grandes y de maderos gruesos y cavados de arte que está güeco, y todas son de un madero, y hay muchas dellas en que caben cuarenta indios.
Quiero volver a mi materia: llegados los indios con las diez canoas cerca de nuestros navíos, con señas de paz que les hicimos y llamándoles con las manos y capeando para que nos viniesen a hablar, porque entonces no teníamos lenguas que entendiesen la de Yucatán y mexicana, sin temor ninguno vinieron y entraron en la nao capitana sobre treinta dellos, y les dimos a cada uno un sartalejo de cuentas verdes y estuvieron mirando por un buen rato los navíos. Y el más principal dellos, que era cacique, dijo por señas que se quería tornar en sus canoas e irse a su pueblo; que para otro día volverían y trairían más canoas en que saltásemos a tierra. Y venían estos indios vestidos con camisetas de algodón como jaquetas y cubiertas sus vergüenzas con unas mantas angostas que entre ellos llaman másteles. Y tuvimoslos por hombres de más razón que a los indios de Cuba porque andaban los de Cuba con las vergüenzas de fuera, eceto las mujeres que traían hasta los muslos unas ropas de algodón que llaman naguas.
Volvamos a nuestro cuento. Otro día por la mañana volvió el mesmo cacique a nuestros navíos y trujo doce canoas grandes -ya he dicho que se dicen piraguas- con indios remeros, y dijo por señas con muy alegre cara y muestras de paz que fuésemos a su pueblo y que nos darían comida y lo que hobiésemos menester, y que en aquellas sus canoas podíamos saltar en tierra. Entonces estaba diciendo en su lengua «cones cotoche, cones cotoche» que quiere decir: «andad acá, a mis casas»; y por esta causa pusimos por nombre aquella tierra Punta Cotoche y ansí está en las cartas de marear.
Pues viendo nuestro capitán y todos los demás soldados los muchos halagos que nos hacía aquel cacique, fue acordado que sacásemos nuestros bateles de los navíos y en el uno de los más pequeños y en las doce canoas saltásemos en tierra todos de una vez, porque vimos la costa toda llena de indios que se habían juntado en aquella población, y ansí salimos todos de la primera barcada.
Y cuando el cacique nos vió en tierra y que no íbamos a su pueblo, dijo otra vez por señas al capitán que fuésemos con él a sus casas. Acordóse por todos los más soldados que con el mejor recaudo de armas que pudiésemos llevar fuésemos. Y llevamos quince ballestas y diez escopetas, y comenzamos a caminar por donde el cacique iba con muchos otros indios.
E yendo desta manera, cerca de unos montes breñosos, comenzó a dar voces el cacique para que saliesen a nosotros unos escuadrones de indios de guerra que tenía en celada para nos matar. Y a las voces que dio los escuadrones vinieron con gran furia y presteza y nos comenzaron a flechar de arte que de la primera rosiada de flechas nos hirieron quince soldados. Y traían armas de algodón que les daba a las rodillas, y lanzas y rodelas y arcos y flechas y hondas, y mucha piedra, y con sus penachos.
Y luego tras las flechas se vinieron a juntar con nosotros pie con pie, y con las lanzas a mantiniente nos hacían mucho mal. Mas quiso Dios que luego les hicimos huir como conocieron el buen cortar de nuestras espadas, y de las ballestas y escopetas, por manera que quedaron muertos quince dellos. Y un poco más adelante, donde nos dieron aquella refriega, estaba una placeta y tres casas de cal y canto que eran cúes y adoratorios, donde tenían muchos ídolos de barro, unos con cara de demonios, y otros como de mujeres, y otros de otras malas figuras, de manera que al parecer estaban haciendo sodomías los unos indios con los otros. Y dentro de las casas tenían unas arquillas chicas de madera, y en ellas otros ídolos; y unas patenillas de medio oro y lo más cobre, y unos pinjantes y tres diademas y otras pecezuelas de pescadillos, y ánades de la tierra, y todo de oro bajo. Y desque lo hobimos visto, ansí el oro como las casas de cal y canto, estábamos muy contentos porque habíamos descubierto tal tierra, porque en aquel tiempo ni era descubierto el Pirú ni aun se descubrió de ahí a veinte años.
Y cuando estábamos batallando con los indios, el clérigo González que iba con nosotros, se cargó de las arquillas e ídolos y oro y lo llevó al navío. Y en aquellas escaramuzas prendimos dos indios que, después que se bautizaron, se llamó el uno Julián y el otro Melchior, y entrambos eran trastavados de los ojos. Y acabado aquel rebate, nos volvimos a los navíos y seguimos la costa adelante descubriendo hacia do se pone el sol. Y después de curados los heridos, dimos velas. Y lo que más pasó adelante lo diré."
Bernal Díaz del Castillo nació en Medina del Campo (Valladolid) entre octubre de 1495 y marzo de 1496. A los 18 años embarcó hacia América. Tras vivir tres años en la isla de Cuba, se enroló como soldado en tres expediciones que se organizaron sucesivamente hacia el continente, hacia las tierras que hoy en día forman parte de México.
La primera expedición fue dirigida por Francisco Hernández de Córboda; la segunda, por Juan de Grijalva; y la tercera expedición fue la de Cortés, la que llegó hasta México-Tenochtitlán.
Años después, en torno a 1568, Díaz del Castillo escribió un relato de todos aquellos acontecimientos que vivió personalmente, y lo tituló “Historia verdadera de la conquista de la Nueva España”.
Durante la primera de esas expediciones, que tuvo lugar en el año 1517, los españoles llegan por primera vez a México, desembarcando en la zona de Yucatán. Allí se encuentran a unos indígenas, de cultura maya.
Su relato de este primer contacto con los pueblos de México, es el siguiente:
"Capítulo II.- Cómo descubrimos la provincia de Yucatán.
En ocho días del mes de febrero del año de mil y quinientos diez y siete salimos de La Habana del puerto de Axaruco, que es en la banda norte, y en dos días doblamos la punta de San Antón, que por otro nombre en la isla de Cuba se llama tierra de los guanahataveyes, que son unos indios como salvajes. Y doblada aquella punta y puestos en alta mar, navegamos a nuestra ventura hacia donde se pone el sol, sin saber bajos ni corrientes ni qué vientos suelen señorear en aquella altura, con gran riesgo de nuestras personas, porque en aquella sazón nos vino una tormenta que duró dos días con sus noches y fue tal que estuvimos para nos perder.
Y desde que abonanzó, siguiendo nuestra navegación, pasados veinte e un días que habíamos salido del puerto vimos tierra, de que nos alegramos y dimos muchas gracias a Dios por ello, la cual tierra jamás se había descubierto ni aun tenido noticia della hasta entonces. Y desde los navíos vimos un gran pueblo que al parecer estaría de la costa dos leguas, y viendo que era gran poblazón y no habíamos visto en la isla de Cuba ni en la Española pueblo tan grande le pusimos por nombre el Gran Cairo.
Y acordamos que con los navíos de menos porte se acercasen lo más que pudiesen a la costa para ver si habría fondo para que pudiésemos anclar junto a tierra. Y una mañana, que fueron cuatro de marzo, vimos venir diez canoas muy grandes, que se dicen piraguas, llenas de indios naturales de aquella poblazón, y venían a remo y vela. Son canoas hechas a manera de artesas, y son grandes y de maderos gruesos y cavados de arte que está güeco, y todas son de un madero, y hay muchas dellas en que caben cuarenta indios.
Quiero volver a mi materia: llegados los indios con las diez canoas cerca de nuestros navíos, con señas de paz que les hicimos y llamándoles con las manos y capeando para que nos viniesen a hablar, porque entonces no teníamos lenguas que entendiesen la de Yucatán y mexicana, sin temor ninguno vinieron y entraron en la nao capitana sobre treinta dellos, y les dimos a cada uno un sartalejo de cuentas verdes y estuvieron mirando por un buen rato los navíos. Y el más principal dellos, que era cacique, dijo por señas que se quería tornar en sus canoas e irse a su pueblo; que para otro día volverían y trairían más canoas en que saltásemos a tierra. Y venían estos indios vestidos con camisetas de algodón como jaquetas y cubiertas sus vergüenzas con unas mantas angostas que entre ellos llaman másteles. Y tuvimoslos por hombres de más razón que a los indios de Cuba porque andaban los de Cuba con las vergüenzas de fuera, eceto las mujeres que traían hasta los muslos unas ropas de algodón que llaman naguas.
Volvamos a nuestro cuento. Otro día por la mañana volvió el mesmo cacique a nuestros navíos y trujo doce canoas grandes -ya he dicho que se dicen piraguas- con indios remeros, y dijo por señas con muy alegre cara y muestras de paz que fuésemos a su pueblo y que nos darían comida y lo que hobiésemos menester, y que en aquellas sus canoas podíamos saltar en tierra. Entonces estaba diciendo en su lengua «cones cotoche, cones cotoche» que quiere decir: «andad acá, a mis casas»; y por esta causa pusimos por nombre aquella tierra Punta Cotoche y ansí está en las cartas de marear.
Pues viendo nuestro capitán y todos los demás soldados los muchos halagos que nos hacía aquel cacique, fue acordado que sacásemos nuestros bateles de los navíos y en el uno de los más pequeños y en las doce canoas saltásemos en tierra todos de una vez, porque vimos la costa toda llena de indios que se habían juntado en aquella población, y ansí salimos todos de la primera barcada.
Y cuando el cacique nos vió en tierra y que no íbamos a su pueblo, dijo otra vez por señas al capitán que fuésemos con él a sus casas. Acordóse por todos los más soldados que con el mejor recaudo de armas que pudiésemos llevar fuésemos. Y llevamos quince ballestas y diez escopetas, y comenzamos a caminar por donde el cacique iba con muchos otros indios.
E yendo desta manera, cerca de unos montes breñosos, comenzó a dar voces el cacique para que saliesen a nosotros unos escuadrones de indios de guerra que tenía en celada para nos matar. Y a las voces que dio los escuadrones vinieron con gran furia y presteza y nos comenzaron a flechar de arte que de la primera rosiada de flechas nos hirieron quince soldados. Y traían armas de algodón que les daba a las rodillas, y lanzas y rodelas y arcos y flechas y hondas, y mucha piedra, y con sus penachos.
Y luego tras las flechas se vinieron a juntar con nosotros pie con pie, y con las lanzas a mantiniente nos hacían mucho mal. Mas quiso Dios que luego les hicimos huir como conocieron el buen cortar de nuestras espadas, y de las ballestas y escopetas, por manera que quedaron muertos quince dellos. Y un poco más adelante, donde nos dieron aquella refriega, estaba una placeta y tres casas de cal y canto que eran cúes y adoratorios, donde tenían muchos ídolos de barro, unos con cara de demonios, y otros como de mujeres, y otros de otras malas figuras, de manera que al parecer estaban haciendo sodomías los unos indios con los otros. Y dentro de las casas tenían unas arquillas chicas de madera, y en ellas otros ídolos; y unas patenillas de medio oro y lo más cobre, y unos pinjantes y tres diademas y otras pecezuelas de pescadillos, y ánades de la tierra, y todo de oro bajo. Y desque lo hobimos visto, ansí el oro como las casas de cal y canto, estábamos muy contentos porque habíamos descubierto tal tierra, porque en aquel tiempo ni era descubierto el Pirú ni aun se descubrió de ahí a veinte años.
Y cuando estábamos batallando con los indios, el clérigo González que iba con nosotros, se cargó de las arquillas e ídolos y oro y lo llevó al navío. Y en aquellas escaramuzas prendimos dos indios que, después que se bautizaron, se llamó el uno Julián y el otro Melchior, y entrambos eran trastavados de los ojos. Y acabado aquel rebate, nos volvimos a los navíos y seguimos la costa adelante descubriendo hacia do se pone el sol. Y después de curados los heridos, dimos velas. Y lo que más pasó adelante lo diré."
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