viernes, 15 de abril de 2011

Albert Einstein: "El mundo como yo lo veo" (II)

Albert Einstein: "El mundo como yo lo veo". (1934)

"En los alrededores del cambio de siglo, los físicos teóricos de todo el mundo consideraban a H. A. Lorentz el genio más sobresaliente, y con razón. Los físicos más jóvenes, en cambio, no están del todo convencidos del papel decisivo que Lorentz desempeñó en la configuración de las ideas fundamentales de la física teórica. La causa de este extraño parecer es que sus principios están tan asimilados que resulta difícil ser consciente de su osadía y de lo mucho que simplificaron los fundamentos de la física.
Cuando Lorentz empezó a investigar, la teoría del electromagnetismo de Maxwell ya se había impuesto. Pero los fundamentos de dicha teoría eran tan complejos que no dejaban ver con total claridad los aspectos más esenciales. Bien es cierto que el concepto de campo había desplazado el concepto de acción a distancia, pero los campos eléctrico y magnético no se concebían como entidades primarias, sino como estados del material ponderable que eran tratados como continuos. En consecuencia, el campo eléctrico se dividía en el vector de la intensidad eléctrica del campo y en el vector del desplazamiento dieléctrico. En el más simple de los casos, ambos campos estaban unidos por la constante dieléctrica, pero en principio se consideraban entidades independientes. Lo mismo sucedía con el campo magnético. Esta idea fundamental implicaba tratar el espacio vacío como un caso especial de la materia ponderable, donde la relación entre la intensidad de campo y el desplazamiento parecía particularmente simple. En especial, esta idea implicaba que los campos eléctrico y magnético no se podían considerar independientes del estado de movimiento de la materia que ejercía le portadora del campo.
Para profundizar en el entonces imperante concepto de la electrodinámica de Maxwell, remito al lector al estudio de las investigaciones de Heinrich Hertz sobre la electrodinámica de cuerpos en movimiento. Aquí entra en juego la liberadora concepción de H. A. Lorentz, quien basó sus investigaciones con total congruencia en las siguientes hipótesis:
El lugar del campo electromagnético es el espacio vacío. En él solo hay un vector de campo eléctrico y un vector de campo magnético. Dicho campo se crea por cargas eléctricas atómicas sobre las que el campo aplica a su vez fuerzas ponderomotrices. La conexión entre el campo electromotriz la materia ponderable solo se produce porque hay cargas eléctricas elementales férreamente ligadas a partículas atómicas de materia. A estas se les aplica la ley del movimiento de Newton.
Sobre este fundamento tan sencillo estableció Lorentz una teoría completa de todos los fenómenos electromagnéticos conocidos entonces, incluidos los de la electrodinámica de cuerpos en movimiento. Pocas veces se ha logrado en una ciencia empírica un trabajo de tanta coherencia, claridad y belleza. El único fenómeno que no se pudo explicar por esta vía, es decir, sin supuestos adicionales, fue el célebre experimento de Michelson-Morley. Sin la localización del campo electromagnético en el espacio vacío, habría sido casi impensable que este experimento hubiese dado pie a la teoría de la relatividad especial. Después de todo, el paso esencial fue precisamente la remisión a las ecuaciones de Maxwell en el espacio vacío o, como se decía entonces, el éter.
H. A. Lorentz descubrió también la llamada «transformación de Lorentz», aunque sin tener en cuenta las propiedades de grupo. Para él, las ecuaciones de Maxwell del espacio vacío solo se podían aplicar a un sistema de coordenadas determinado que, por su estado de reposo, se mostraba excelente en comparación con otros sistemas. Esta era una situación ciertamente paradójica, porque la teoría parecía limitar el sistema de referencia inercial mucho más que la mecánica clásica. Esta circunstancia, que desde el punto de vista empírico parecía estar totalmente injustificada, tenía que llevar a la teoría de la relatividad especial.
Gracias a la amable deferencia de la universidad de Leiden, he pasado largas temporadas en esta ciudad, donde siempre me he alojado en casa de mi querido e inolvidable amigo Paul Ehrenfest. Tuve la oportunidad de asistir en distintas ocasiones a las conferencias que Lorentz, ya retirado, de su cátedra, daba a un reducido círculo de jóvenes colegas. Todo lo que salía de aquella extraordinaria mente era tan claro y bello como una buena obra de arte, y uno tenía la impresión de que nunca nadie habría podido exponer aquellas ideas con tanta sencillez.
Son únicos el respeto y la admiración hacia H. A. Lorentz que profesa todo joven científico que lo ha conocido. Pero, en mi caso, lo que experimento cuando pienso en él va mucho más allá. Para mí siempre ha significado mucho más que cualquier otra persona que he conocido en mi vida.
El dominio que tenía sobre la física y la forma matemática lo trasladaba igualmente a su persona, sin esfuerzos y en constante serenidad. Su insólita y total carencia de debilidades humanas nunca llegó a humillar a los que le rodeaban. Todos sentían su superioridad, pero nadie se sentía impresionado porque, a pesar de su clarividencia sobre las personas y las relaciones humanas, siempre quería el bien para todos. Nunca quería mandar, sino siempre servir y ayudar. Era extraordinariamente minucioso y ninguna ocasión era buena para parecer más importante de lo debido. De ello se protegía con un fino sentido del humor que se reflejaba en sus ojos y su sonrisa. En cambio, a pesar de toda su entrega al conocimiento científico, estaba plenamente convencido de que nuestra inteligencia era incapaz de penetrar en la esencia de las cosas. Más tarde, con la edad, he sabido apreciar esta actitud medio escéptica, medio humilde.
Por más que me esfuerzo, el lenguaje (o, por lo menos, mi lenguaje) es incapaz de hacer justicia al objeto de este breve artículo. Por ello, quisiera citar aquí dos aforismos de Lorentz que me impresionan particularmente:
«Tengo la suerte de pertenecer a una nación demasiado pequeña para cometer grandes disparates.»
A un hombre que, en el transcurso de una conversación durante la primera guerra mundial, le intentó convencer de que el destino está determinado por el poder y la fuerza, Lorentz le contestó: «Es posible que tenga razón, pero no me gustaría vivir en un mundo así.» "

2 comentarios:

Roberto dijo...

Víctor, es éste un párrafo extraordinario que hace justicia y pone claridad sobre uno de los genios de la ciencia al que todos nombran por sus ecuaciones pero nadie conoce de verdad.

Abrazo desde Buenos Aires.

Víctor dijo...

Gracias por acordarte de este blog, Roberto. A ver si hago yo lo mismo, y publico más..

De acuerdo con lo que dices. Es un libro muy corto y muy bueno, que revela algunos rasgos de la personalidad de Einstein muy interesantes.

(El párrafo quedó un poco largo por la explicación de física que incluye, pero no quise suprimir esas frases dada la afición que tiene una gran parte de mis lectores).

Un abrazo